Estaba jugando, ella y su mundo de muñecas desparramado por todo el piso de la habitación. El mundo era diverso: Barbies, juguetes de barro, imitaciones de Barbie, peluches, carritos de carreras y un sinfín de elementos más. Pero los juguetes de barro, ah esos eran los mejores. El cántaro, la taza, el plato, etc. ¿Por qué? Por el simple hecho de que eran la base de “El Sueño”. El sueño: Una Barbie rubia vestida con un traje típico de salvadoreña, de esos que tienen la falda azarosa y los colores vibrantes con revuelos ridículos por toda la orilla, deteniendo el cantarito de barro con la mano tiesa de plástico sobre la cabeza. El cantarito era la estrella del juego, del mundo desparramado por el suelo, y del sueño.
De repente una figura en la puerta. Prominente, gruesa, con caderas enormes, disgustadas y un garabato en la boca. Las manos, con los puños cerrados reposando sobre la cintura, le hacían parecerse al cántaro. Pero la boca del cántaro era un círculo tranquilo y perfecto. El garabato, en cambio, no se veía tan contento. De hecho, iba acompañado con las pupilas y las cejas que formaban el ya bien conocido cuadro de lo aterrador. La figura cruzó el umbral de la puerta y avanzó firme y amenazante por la habitación, justo hasta quedar enfrente de la naricita de cuatro años, sobre la cual unos ojitos asustados y rojizos le miraban temerosos.
¿El crimen? No se sabe, nunca lo supo con exactitud, el tamborileo pesado del corazoncito en ascuas nunca le dejó comprenderlo. ¿No haber puesto en orden el cuarto, tal vez? Fuera el que fuese, había sido grave. Y ahora, gracias a él, la figura estaba atravesando el mundo desparramado sobre el suelo, haciendo temblar a todos sus habitantes a su paso. Casi pudo ver como los carritos corrían a esconderse en el garaje bajo la cama, y las Barbies se metían, con el plástico invadido por el pánico, de regreso a sus cajas. Solo los juguetes de barro quedaron ahí afuera, indefensos, encarando a la figura junto a ella. Claro, pensó, ellos no podían correr, pues no tenían más que orejas. De la glotis agitada de la figura brotaron sonidos fuertes, atacadores, que la envolvieron en la nube de pánico que la obligo a quedarse muy quietecita, ahí, recogida en el piso. Finalmente, entre la grotesca sinfonía glótica, una pregunta entendible: “¿Cuál es tu favorito?”. Temblorosa, dubitativa, la respuesta salió en un murmullo de entre los pequeños dientecitos: “E-el ca-caan-taro”. Una garra blanca se abalanzó hacia el suelo, aprisionando al pobre cántaro entre sus garras, cual ave de rapiña capturando carroña. Las lagrimitas comenzaron a correr. ¿Qué estás haciendo? ¡El cántaro, el favorito!... ¿Qué estás haciendo? No habían terminado de ser musitadas éstas palabras, cuando el cántaro, de barro suave y frágil, ya caía en picada hacia el piso. El ruido que hizo al colisionar contra el piso fue casi imperceptible, pero en la cabecita cada pedazo, de los miles que saltaron, resonó con un estruendo de potencia titánica. ¡NO! ¡El sueño! El cerebro comenzó a maquinar, la esperanza surgió. Los añicos, no eran tan pequeños, podían pegarse. Oh rayo de esperanza que rompe la nube del ofuscamiento infantil. Y entonces…no, no era posible. Una pata, monstruosa y descomunal, golpeó contra el suelo, aplastando entre ella y el suelo los pedazos del cántaro y la esperanza recién nacida. El sueño…. el sueño se había ido, para siempre, el cántaro no era más que polvo. Y alrededor de los escombros, todos los habitantes del mundo desparramado por el suelo se asomaron, aún protegiéndose en sus escondrijos, a presenciar la tragedia, la caída en batalla de aquel que alguna vez fuera el núcleo de la imaginación que les dio la vida.
Las lágrimas eran ya una correntada sobre la carita suave y fruncida de tristeza. “¡Eso te enseñará!”. La figura se retiró, aún lanzando sus sonidos grotescos por el camino. ¿Qué había de enseñarle? ¿Había una lección qué aprender en todo esto?¿Cuál era la moraleja? ¿Que reprender solo con palabras no sirve? ¿Que el sueño estaba muerto, por siempre y para siempre? ¿Que la esperanza es aplastada, aún cuando es lo último q mantiene a algo con vida? El mundo desparramado en el piso habíase tornado de pronto cruel. Ella se quedó, aún congelada, su cabecita aún intentando descifrar el significado de la montañita de escombros frente a ella y el resto de los habitantes le acompañaron. Y los más inteligentes se quedaron pensando: de los dos crímenes cometidos, ¿cuál fue realmente el peor?
Pomponte, niña Pomponte...
miércoles, 7 de julio de 2010
jueves, 1 de julio de 2010
Carta que mi conciencia me dejó pegada en el refrigerador esta mañana
Estimada compañera de cuarto:Te escribo para decirte que te olvidaste de sacar la basura. Sí, así es, te fuiste, muy feliz y campante, y dejaste los cubos llenos de carroña, junto con un montón de bolsas negras hediondas apiladas en la esquina. De algunas bolsas ya hasta comenzó a salir un líquido verde turbio, que huele a los calcetines de mi primo cuando acaba de salir de la clase de deporte.
Mira, yo no tengo ningún problema con recoger tu basura, pero el problema es que la única que puede sacar las bolsas eres tú. Yo no hago más que circular aquí adentro, de todo lo que tiene que ver con el exterior, bien lo sabes, te encargas tú. Que a veces se te olvida, eso es otra cosa. Aunque, para serte franca, a veces no estoy segura de si es puro y genuino olvido o una completa evasión de tus responsabilidades. Te repito, me encantaría poder ayudarte y relevarte en tus tareas, pero lamentablemente no puedo.Estuve registrando algunas de las bolsas, viendo las cosas que ya tiraste en el basurero, o incluso ya empacaste en las bolsas, pero nunca te decides a tirarlas. Sí que eres una persona rara, ¿lo sabías? Es más, de no ser porque ambas sabemos que he estado contigo desde el momento en que viniste al mundo, a veces, juraría que no te conozco en lo absoluto. He encontrado de todo, pero hay algunos objetos que han llamado mi atención por sobre los demás. Para comenzar, tienes una bolsa completa de fotos de tu antiguo perro, ¿te acuerdas de él? Claro que lo recuerdas, piensas en él cada día. Y, cada vez que lo recuerdas, se te llenan de agua los ojos. Deberías de decidirte a tirar esa bolsa, ya de una vez por todas. Siempre que vienes la tomas en tus manos, la miras fijamente, dudas y luego la vuelves a dejar ahí.
Me sorprendió la cantidad de botes de “Raid Matabichos” por todos lados. De verdad que deberías de deshacerte de todo ese aerosol. Aparte de que es increíblemente anti-ecológico, recuerda que a la larga no solo envenena a los insectos, sino también a ti misma (y por consiguiente a mí). No puedes seguir asustándote por cada bichito que se cruce en tu camino. Es cierto, son asquerosos y tienen pequeñas patitas que te hacen cosquillas, pero ya es hora de que vayas perdiendo el miedo. También he encontrado montones de pelucas, botes vacios de maquillaje, pintalabios viejos y otros implementos de belleza. Sin contar las bolsas enormes de ropa, zapatos y accesorios viejos, que ya no usas, pero no te decides a botar. Te cuento, querida, que hasta yo no he podido resistir la tentación de sacarlos de las bolsas y ponérmelos. Pero, cuando me los veo puestos, me doy cuenta de que ya no nos sientan bien. La mayoría ya nos quedan pequeños, de tanto que hemos crecido. ¿Sabes? Si los botaras de una vez por todas, en vez de venir a sacarlos, e incluso intentar encogerte para que te vuelvan a quedar, podríamos crecer aún más. Tenlo en mente, para la próxima vez que vengas.

Pero, bueno, esas bolsas no me han dado tanto problema, como me lo han dado las que tienes guardadas, hasta el fondo del patio. Me he aventurado a revisarlas, y descubrí que esas son las que han comenzado a despedir el líquido verde. Son pilas y pilas de bolsas llenas de ¡manzanas! Toda clase de manzanas, rojas, verdes, amarillas, e incluso algunas que nunca antes había visto. ¿Y sabes de dónde vinieron? Son todas las manzanas que tú muerdes y me vienes a tirar aquí. A veces vienes con cara de culpa, y me tiras la manzana, ya casi sin carne. Otros días vienes con cara de frustración y ¡zas! otra manzana, apenas mordida. Deberías de quitarte ese hábito, definitivamente. Aprende a comerte toda la manzana y a botar el hueso afuera. De nada te sirven acumuladas aquí dentro.

Esas son solo algunas de las cosas que he encontrado, no he logrado revisar todas las bolsas. ¡Son tantas! ¿Sabes? Tú siempre has tenido problemas de acumulación de basura (aunque nunca tanto como ahora). Es más, a veces, ni siquiera yo me explico, de dónde es que sacas tanta basura para acumular, en primer lugar. Pero, bueno, tú sabrás mejor que yo. A veces, te comprendo perfectamente y, a veces, me vienes con cosas que ni yo entiendo. O, a veces, vienes con cosas que sí entiendo, pero, cuando quiero decirte lo que pienso, te pones ese odioso aparato de música en las orejas, y no escuchas lo que te digo.

Ya me había acostumbrado a que te pusieras necia. Pero, últimamente, has estado más obstinada que de costumbre. A veces, solo vienes a dormirte, o a traer algo rápido y, a lo mucho, me saludas, y luego te vas. O a veces no vienes para nada. ¿Qué te pasa? Nunca me habías ignorado tanto, como lo haces ahora. Y, como ahora ya casi nunca vienes, ya nunca sacas la basura. Había estado tolerándolo, pero no tuve otra opción que escribirte, para recordártelo. Ya es demasiada basura, y a penas y tengo espacio, aunque intente recogerla. Mi mayor miedo es que, con tanta basura acumulada, quede yo atrapada en medio de las bolsas, y entonces ya no puedas oírme. Espero que leas esto, que saques todas las bolsas y que luego me hables. Vamos, siempre fuimos una. No paremos ahora.

Te quiere,
Tu compañera de cuarto
Tu compañera de cuarto
miércoles, 30 de junio de 2010
Poniendo en uso el buzón de sugerencias - Cómo me siento en la universidad
Estimado señor rector:
Actualmente me encuentro cursando el primer ciclo de la carrera de Comunicaciones en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, y he de informarle que la universidad tiene un enorme problema: no tiene armarios. Me replicará usted, quizás, que el gimnasio sí cuenta con casilleros para uno dejar sus cosas en lo que se ducha, porque hay ciertas cosas, como carteras de tela o sweaters de lana, con las que uno no se puede duchar porque se encogen. Sin embargo, he de responderle que esos casilleros son demasiado pequeños. Estará usted preguntándose ahora: “¿De qué demonios me está hablando?”. Le explicaré.
Verá usted, todas las mañanas entro a la universidad vestida como un adulto joven normal: mis jeans ajustados, mi camisa de moda, un abrigo bonito y algún collar exótico para que vean que compro mi ropa en Galerías. Pero ese atuendo poco me dura. No han pasado ni 5 minutos cuando ya tengo que correr a ponerme mi máscara de extraterrestre y mi traje plateado para pasar por el camino de cemento, el que está justo al entrar por la entrada peatonal, a cuyos lados se encuentran hileras de bancas repletas de estudiantes que te miran pasar. Lo peor es que, a veces, esos semejantes desconsiderados me miran con cara de que me quieren pagar por sexo ¡sin previo aviso! y tengo que correr a ponerme mi minifalda y mis tacones. A veces se me pasa por la cabeza sentirme ofendida, pero con todo el ajetreo de cambiarme se me olvida.
Llego a duras penas a la primera clase, que es Introducción al Lenguaje, y me siento tranquilamente junto a mis amigos. Mas el descanso me dura a lo mucho una media hora, porque otra vez tengo que cambiarme, y lo peor es que este atuendo siempre es diferente cada día. Tengo que estar muy pendiente de la clase, porque de eso depende si me pongo una camiseta que ponga “Excelente Estudiante”, una que ponga “ZZZZZZZZ” o una que ponga “¡DEMONIOS!”. Para “mejorar” las cosas, soy humana y tengo mucho más que solo esos tres estados de ánimo. ¿Se imagina usted cargar más de 30 camisetas en su cartera? No lo creo. Prosigamos.
La segunda clase es un poco menos complicada, porque para Filosofía solo necesito dos atuendos. El primero es una túnica blanca, una calva falsa, una barba postiza, unas sandalias (gracias a la moda, ahora puedo encontrarlas en la zapatería MD ¡a mitad de precio!) y un porro de marihuana, pues si no siento que no estoy filosofando. El segundo atuendo es un traje enteramente negro, el que usan los ladrones para colarse de noche. El único inconveniente de mi disfraz es que lo utilizo de día, pero igual me sirve para pasar desapercibida y que no me pregunten sobre temas que ni con mi porro los entiendo. De cualquier manera, los accesorios que siempre llevo conmigo son tres cubetas de metal, porque muchas veces siento que lo que estoy hablando es pura basura, y como me gusta contribuir a la ecología, la clasifico.
Después de esta clase corro a dejar mis cubos a… ningún lado, porque no tengo donde. Corrijo: después de esta clase corro con mis cubos a cambiarme, porque tengo clase de Historia. En esta materia, desgraciadamente, la mayoría de veces no llevo mi aguja, por lo que tiendo a perder el hilo. Es por eso que esta clase es la que más vestuarios requiere, sin contar que también necesito muchos accesorios para construir los escenarios que van con mi disfraz. Algunos de mis favoritos son: Doris Day en una película de Terminator, John Travolta en un supermercado donde ya no hay vaselina, Dita von Teese en un convento y Danny DeVito en la lista de los 100 hombres más guapos de la revista People. Para los días en los que sí logro seguir el hilo, utilizo también bastantes conjuntos creativos, como por ejemplo, Marlon Brando actuando en “El Padrino” o Ricky Martin en un club de bailarines exóticos.
Concluida la clase, debo volar a traer mi capa negra y mi sable de luz “Jedi” para ir a la clase de Redacción. En esta clase es donde más cómoda me siento porque ahí solo hay dos opciones: o salgo triunfante aun vestida de Jedi, o salgo vestida de Jar Jar Binx. Y aunque presto mucha atención en clase, siempre me distrae un poco el miedo que, de la nada, mi profesor se voltee, me vea fijamente mientras se pone una máscara negra y me diga: “¡Yo soy tu padre!”.
Como usted verá, señor rector, solo entre clase y clase tengo que cargar una cantidad inmensa de cosas, y eso que hasta ahorita no he incluido todos los atuendos que ocupo entre clases. Mientras camino por los pasillos en los recesos tengo que cambiarme constantemente. A veces me visto de payaso, a veces de muñeca Barbie, de turista, de turista perdido, de Frodo Bolsón, de modelo de pasarela, de Lady GaGa. A veces cuando voy con mis amigos me visto de mono, de esos que imitan todo. A veces, sin embargo, me disfrazo de abeja reina. A veces de Albert Einstein y voy con mi pizarra escribiendo mil y un maravillas, y a veces de absoluta analfabeta que tiene problemas hasta para leer el letrero que dice “A-11” en la puerta del aula.
Y no soy la única, puedo asegurarlo. Y aunque hay perchas con rodos que pueden llegar a ser muy útiles para cargar todo, son un problema cuando se trata de subir gradas. Aparte de que en los pasillos uno a veces choca con las perchas de los demás y entonces hay que correr a disfrazarse de “Gruñón”, el enanito de Blancanieves. Es por eso que me gustaría solicitarle que instale armarios, porque el sombrero de mago que tengo ahorita es un dolor de cabeza, no tiene asideras y encima no combina con toda mi ropa. Es más, deberíamos de tener cuartos enteros para guardar nuestra utilería. ¿No ha considerado como opción hacernos camerinos en el edificio de arquitectura? Así todos tienen espacio y la situación ecológica mejora, porque ya no construirían tantas cosas. Todos ganan. Muchísimas gracias por su atención.
Atte.
Diana Elisa Soriano Hasbún
P.S.: Agradecería mucho que, después de leer esto, aun considerara usted no expulsarme.
Actualmente me encuentro cursando el primer ciclo de la carrera de Comunicaciones en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, y he de informarle que la universidad tiene un enorme problema: no tiene armarios. Me replicará usted, quizás, que el gimnasio sí cuenta con casilleros para uno dejar sus cosas en lo que se ducha, porque hay ciertas cosas, como carteras de tela o sweaters de lana, con las que uno no se puede duchar porque se encogen. Sin embargo, he de responderle que esos casilleros son demasiado pequeños. Estará usted preguntándose ahora: “¿De qué demonios me está hablando?”. Le explicaré.
Verá usted, todas las mañanas entro a la universidad vestida como un adulto joven normal: mis jeans ajustados, mi camisa de moda, un abrigo bonito y algún collar exótico para que vean que compro mi ropa en Galerías. Pero ese atuendo poco me dura. No han pasado ni 5 minutos cuando ya tengo que correr a ponerme mi máscara de extraterrestre y mi traje plateado para pasar por el camino de cemento, el que está justo al entrar por la entrada peatonal, a cuyos lados se encuentran hileras de bancas repletas de estudiantes que te miran pasar. Lo peor es que, a veces, esos semejantes desconsiderados me miran con cara de que me quieren pagar por sexo ¡sin previo aviso! y tengo que correr a ponerme mi minifalda y mis tacones. A veces se me pasa por la cabeza sentirme ofendida, pero con todo el ajetreo de cambiarme se me olvida.
Llego a duras penas a la primera clase, que es Introducción al Lenguaje, y me siento tranquilamente junto a mis amigos. Mas el descanso me dura a lo mucho una media hora, porque otra vez tengo que cambiarme, y lo peor es que este atuendo siempre es diferente cada día. Tengo que estar muy pendiente de la clase, porque de eso depende si me pongo una camiseta que ponga “Excelente Estudiante”, una que ponga “ZZZZZZZZ” o una que ponga “¡DEMONIOS!”. Para “mejorar” las cosas, soy humana y tengo mucho más que solo esos tres estados de ánimo. ¿Se imagina usted cargar más de 30 camisetas en su cartera? No lo creo. Prosigamos.
La segunda clase es un poco menos complicada, porque para Filosofía solo necesito dos atuendos. El primero es una túnica blanca, una calva falsa, una barba postiza, unas sandalias (gracias a la moda, ahora puedo encontrarlas en la zapatería MD ¡a mitad de precio!) y un porro de marihuana, pues si no siento que no estoy filosofando. El segundo atuendo es un traje enteramente negro, el que usan los ladrones para colarse de noche. El único inconveniente de mi disfraz es que lo utilizo de día, pero igual me sirve para pasar desapercibida y que no me pregunten sobre temas que ni con mi porro los entiendo. De cualquier manera, los accesorios que siempre llevo conmigo son tres cubetas de metal, porque muchas veces siento que lo que estoy hablando es pura basura, y como me gusta contribuir a la ecología, la clasifico.
Después de esta clase corro a dejar mis cubos a… ningún lado, porque no tengo donde. Corrijo: después de esta clase corro con mis cubos a cambiarme, porque tengo clase de Historia. En esta materia, desgraciadamente, la mayoría de veces no llevo mi aguja, por lo que tiendo a perder el hilo. Es por eso que esta clase es la que más vestuarios requiere, sin contar que también necesito muchos accesorios para construir los escenarios que van con mi disfraz. Algunos de mis favoritos son: Doris Day en una película de Terminator, John Travolta en un supermercado donde ya no hay vaselina, Dita von Teese en un convento y Danny DeVito en la lista de los 100 hombres más guapos de la revista People. Para los días en los que sí logro seguir el hilo, utilizo también bastantes conjuntos creativos, como por ejemplo, Marlon Brando actuando en “El Padrino” o Ricky Martin en un club de bailarines exóticos.
Concluida la clase, debo volar a traer mi capa negra y mi sable de luz “Jedi” para ir a la clase de Redacción. En esta clase es donde más cómoda me siento porque ahí solo hay dos opciones: o salgo triunfante aun vestida de Jedi, o salgo vestida de Jar Jar Binx. Y aunque presto mucha atención en clase, siempre me distrae un poco el miedo que, de la nada, mi profesor se voltee, me vea fijamente mientras se pone una máscara negra y me diga: “¡Yo soy tu padre!”.
Como usted verá, señor rector, solo entre clase y clase tengo que cargar una cantidad inmensa de cosas, y eso que hasta ahorita no he incluido todos los atuendos que ocupo entre clases. Mientras camino por los pasillos en los recesos tengo que cambiarme constantemente. A veces me visto de payaso, a veces de muñeca Barbie, de turista, de turista perdido, de Frodo Bolsón, de modelo de pasarela, de Lady GaGa. A veces cuando voy con mis amigos me visto de mono, de esos que imitan todo. A veces, sin embargo, me disfrazo de abeja reina. A veces de Albert Einstein y voy con mi pizarra escribiendo mil y un maravillas, y a veces de absoluta analfabeta que tiene problemas hasta para leer el letrero que dice “A-11” en la puerta del aula.
Y no soy la única, puedo asegurarlo. Y aunque hay perchas con rodos que pueden llegar a ser muy útiles para cargar todo, son un problema cuando se trata de subir gradas. Aparte de que en los pasillos uno a veces choca con las perchas de los demás y entonces hay que correr a disfrazarse de “Gruñón”, el enanito de Blancanieves. Es por eso que me gustaría solicitarle que instale armarios, porque el sombrero de mago que tengo ahorita es un dolor de cabeza, no tiene asideras y encima no combina con toda mi ropa. Es más, deberíamos de tener cuartos enteros para guardar nuestra utilería. ¿No ha considerado como opción hacernos camerinos en el edificio de arquitectura? Así todos tienen espacio y la situación ecológica mejora, porque ya no construirían tantas cosas. Todos ganan. Muchísimas gracias por su atención.
Atte.
Diana Elisa Soriano Hasbún
P.S.: Agradecería mucho que, después de leer esto, aun considerara usted no expulsarme.
La desconsideración de los arquitectos - Anécdotas de la infancia
Los arquitectos se quiebran la cabeza a la hora de diseñar y construir las iglesias para que éstas tengan buena acústica y se pueda escuchar bien TODO lo que se dice, para que nadie se pierda nada de lo que pasa en la misa. Lo que muchos de ellos no toman en cuenta es que más de la mitad de la gente, no solo de la iglesia, sino del mundo en general, no debería de abrir la boca. Mucho menos ser escuchada por todos.
Para demostrarlo pondré un ejemplo muy cercano a mí. Y no, no son las “señoras de la tercera edad” que creen que cantan divino y se suben al recinto del coro a cantar con lo que, gracias a los que han introducido los americanismos en nuestro idioma, llamamos un gran “feeling”. Es un ejemplo tomado de mi niñez (para efectos de mantener mi apariencia seria y callada, he decidido permanecer anónima y referirme a mí misma simplemente como “la niña”, “la bebé”, etc.).
La historia comienza con el hecho de que los padres de “la bebita” se subían a “cantar” al recinto del coro, junto con las señoras de la tercera edad, y eso que ellos no eran viejos. Un día decidieron llevar a su “niña” con ellos, con el fin de que ella se familiarizara con la vida religiosa. Así que se sentaron en sus lugares, mientras las señoras de la tercera edad elogiaban lo bien portada y linda que era “la niña”. Pero ¿cuál era el problema? Pues que “la niña” ya podía hablar y, para colmo, era salvadoreña. De modo que, toda la fama de buena y reservada que mantuvo la mayoría de la misa, se le vino para abajo cuando el coro comenzó a cantar “osaaaaaanaaaaaaaa, osaaaaaanaaaaa” y ella cantó (o mejor dicho gritó) a todo pulmón “CULITOOOO DE RANAAAAA”.
Claro, normalmente el grito de una niña pequeña no se escucha, pero éste lo escuchó hasta el pobre Jesucristo crucificado del altar. Culpe a los arquitectos y su maldita acústica. Y lo que siguió fue una oleada de risas, hasta del cura, que por más que intentó mantenerse serio no pudo, y los padres de la niña hundiéndose en sus asientos de la vergüenza, mientras que “la niña” solo sonreía inocentemente sin saber que este “osana” no era el mismo del “sana, sana, culito de rana” que su mamá le decía cuando se golpeaba.
Así que, arquitectos, sean considerados. Y si ellos no se toman la molestia, pues al menos le pido amablemente a la gente de la iglesia que ponga un letrero en el recinto del coro de “no se admiten personas que no sean conscientes de lo que hablan”. Aunque entonces habría problema porque la mayoría de gente se tendría que quedar fuera. Bueno, cae la responsabilidad sobre ustedes entonces, arquitectos.
Para demostrarlo pondré un ejemplo muy cercano a mí. Y no, no son las “señoras de la tercera edad” que creen que cantan divino y se suben al recinto del coro a cantar con lo que, gracias a los que han introducido los americanismos en nuestro idioma, llamamos un gran “feeling”. Es un ejemplo tomado de mi niñez (para efectos de mantener mi apariencia seria y callada, he decidido permanecer anónima y referirme a mí misma simplemente como “la niña”, “la bebé”, etc.).
La historia comienza con el hecho de que los padres de “la bebita” se subían a “cantar” al recinto del coro, junto con las señoras de la tercera edad, y eso que ellos no eran viejos. Un día decidieron llevar a su “niña” con ellos, con el fin de que ella se familiarizara con la vida religiosa. Así que se sentaron en sus lugares, mientras las señoras de la tercera edad elogiaban lo bien portada y linda que era “la niña”. Pero ¿cuál era el problema? Pues que “la niña” ya podía hablar y, para colmo, era salvadoreña. De modo que, toda la fama de buena y reservada que mantuvo la mayoría de la misa, se le vino para abajo cuando el coro comenzó a cantar “osaaaaaanaaaaaaaa, osaaaaaanaaaaa” y ella cantó (o mejor dicho gritó) a todo pulmón “CULITOOOO DE RANAAAAA”.
Claro, normalmente el grito de una niña pequeña no se escucha, pero éste lo escuchó hasta el pobre Jesucristo crucificado del altar. Culpe a los arquitectos y su maldita acústica. Y lo que siguió fue una oleada de risas, hasta del cura, que por más que intentó mantenerse serio no pudo, y los padres de la niña hundiéndose en sus asientos de la vergüenza, mientras que “la niña” solo sonreía inocentemente sin saber que este “osana” no era el mismo del “sana, sana, culito de rana” que su mamá le decía cuando se golpeaba.
Así que, arquitectos, sean considerados. Y si ellos no se toman la molestia, pues al menos le pido amablemente a la gente de la iglesia que ponga un letrero en el recinto del coro de “no se admiten personas que no sean conscientes de lo que hablan”. Aunque entonces habría problema porque la mayoría de gente se tendría que quedar fuera. Bueno, cae la responsabilidad sobre ustedes entonces, arquitectos.
lunes, 28 de junio de 2010
PRESENTANDOOOOO......
Bueno, ya que debo presentarme, aprovecho a hacerlo con un texto algo divertido y, sobre todo, FELIZ :)
¡Ah! Por cierto, no se olviden de jugar "Snake", aquí a su derecha. Advertencia: Es adictivo.
¿Por qué los críticos escriben sus textos a computadora?
Los psiquiatras y psicólogos (ojo, que no son lo mismo. Los primeros son doctores que te pueden recetar drogas legales, los otros son tipos que te acuestan en un sofá y escuchan tus problemas) afirman que a partir de la escritura a mano de cada persona se pueden deducir los diferentes rasgos de su personalidad. Esto ayuda a agilizar el proceso de comprender la tan famosamente complicada psique humana, lo cual, en teoría, puede resultar muy ventajoso para aquellos que desean conocerse a sí mismos y a su propia vida en general (si su psiquiatra no logra descifrar los misterios de su mente y su vida no se preocupe, siempre quedan otros medios: el tarot, la lectura de los restos de su taza de café y el horóscopo de Cosmopolitan).
Sin embargo, si lo analizamos más a fondo, esto puede llegar a significar una gran amenaza a la privacidad y el derecho de omisión, porque implica que al escribir una oración de mi puño y letra, quedo automáticamente expuesto y apto para que cualquier profundo y analítico profesional revele mi verdadera personalidad. Esto significaría que, por ejemplo, un crítico puede escribir “Los jóvenes de hoy día han perdido los valores que antes teníamos, entregándose a los estupefacientes y al sexo”, pero su letra dirá “Soy un maníaco que pone en práctica todo lo que los jóvenes hacen”. Sin embargo, Gutenberg nos proveyó con el escudo perfecto: la imprenta y sus derivados. Ahora me pregunto: ¿Qué pasaría si este texto estuviese escrito a mano?
A simple vista lo primero que uno de dichos profundos profesionales notaría sería que soy una persona muy organizada en algunas áreas y extremadamente desorganizada en otras (claro, si el profesional no es de la corriente freudiana, en ese caso lo primero que diría es que soy una depravada sexual y que tengo una fijación amorosa secreta hacia a mi padre). La curvatura de mi “L” podría significar mi alto rango de intereses, o tal vez simplemente que me gustan las montañas rusas. La constante diferencia de tamaño entre las letras del principio de la línea y las del final sugieren mi dificultad para ser constante en muchas de las metas que me propongo. Sin embargo, se notaría que hago bastante esfuerzo, aunque no el máximo.
Los constantes manchones entre líneas podrían significar mis constantes equivocaciones (porque solo yo me equivoco en este mundo y nadie más que yo tacha lo que está mal escrito, por supuesto), o tal vez podría significar que tengo una fijación con las nubes. También demostraría mi fijación con estar buscando soluciones constantemente. Un profesional, de verdad experto, me tachará de obsesivo-compulsiva. Que el papel esté un poco hundido bajo mis letras significaría que soy una persona fuerte, que ha pasado por situaciones devastadoras pero que se ha recuperado. Mas si es de corriente freudiana, dirá que soy una depravada sexual y que tengo fijaciones amorosas secretas hacia mi padre.
Sin embargo, los pedazos de letra hechos con menos fuerza significarían que aunque intento aparentar extrema fortaleza, en realidad tengo un lado vulnerable y sensible, hasta podría llamarle cursi (lo cual no sería bueno para el tono de mi texto, gracias a Dios que esta escrito a computadora). Mis constantes dibujos fallidos de superhéroes a medio escrito sugieren que soy fiel admiradora de las historietas, del anime y me emociono cuando veo una linterna verde. Al mismo tiempo, mi obsesión por usar todos los colores de lapiceros a la vez en una sola página quizás indique que soy bastante indecisa, o que me compraron un paquete con demasiados colores y los estoy aprovechando.
Los espacios de las palabras que no escuché durante los dictados representan, por supuesto, mi falta de atención y mi eterna tendencia a divagar (nunca problemas de oído, mucho menos problemas de acústica en el aula). En resumen, si este texto estuviese a mano yo me encontraría totalmente al desnudo de estos momentos. Gracias a Dios, está escrito a computadora. Sin embargo, esperaría que los profesionales dedujeran también que soy una persona positiva, ecológica en la medida de lo posible y que se rehúsa a comer carne de animales muertos ni vivos, porque cree en el equilibrio del universo. Claro que desgraciadamente mi mayor esperanza sería el mismísimo Sigmund Freud, quien diría, en ese caso, que soy una depravada sexual, que tengo fijaciones amorosas secretas con mi padre y que además tengo problemas de zoofilia.
En resumen, los críticos escriben sus textos a computadora, porque si los escribiesen a mano la gente se daría cuenta de cómo son, lo que realmente piensan y qué es lo que los lleva a criticar. Y al ser esto revelado tenemos dos opciones: o nos plagamos de críticos o los críticos van a perder todo su crédito y ya no van a poder entrar gratis al cine, porque ya no les van a pedir que critiquen las películas. Sin contar que perderán su estatus intelectual, pero estoy segura de que, si esto llegase a suceder, siempre habrá algún trabajo alternativo. Solo pregunte en cualquier “call center”.
Ojalá les haya gustado. No olviden comentar, por favor :)
¡Ah! Por cierto, no se olviden de jugar "Snake", aquí a su derecha. Advertencia: Es adictivo.
¿Por qué los críticos escriben sus textos a computadora?
Los psiquiatras y psicólogos (ojo, que no son lo mismo. Los primeros son doctores que te pueden recetar drogas legales, los otros son tipos que te acuestan en un sofá y escuchan tus problemas) afirman que a partir de la escritura a mano de cada persona se pueden deducir los diferentes rasgos de su personalidad. Esto ayuda a agilizar el proceso de comprender la tan famosamente complicada psique humana, lo cual, en teoría, puede resultar muy ventajoso para aquellos que desean conocerse a sí mismos y a su propia vida en general (si su psiquiatra no logra descifrar los misterios de su mente y su vida no se preocupe, siempre quedan otros medios: el tarot, la lectura de los restos de su taza de café y el horóscopo de Cosmopolitan).
Sin embargo, si lo analizamos más a fondo, esto puede llegar a significar una gran amenaza a la privacidad y el derecho de omisión, porque implica que al escribir una oración de mi puño y letra, quedo automáticamente expuesto y apto para que cualquier profundo y analítico profesional revele mi verdadera personalidad. Esto significaría que, por ejemplo, un crítico puede escribir “Los jóvenes de hoy día han perdido los valores que antes teníamos, entregándose a los estupefacientes y al sexo”, pero su letra dirá “Soy un maníaco que pone en práctica todo lo que los jóvenes hacen”. Sin embargo, Gutenberg nos proveyó con el escudo perfecto: la imprenta y sus derivados. Ahora me pregunto: ¿Qué pasaría si este texto estuviese escrito a mano?
A simple vista lo primero que uno de dichos profundos profesionales notaría sería que soy una persona muy organizada en algunas áreas y extremadamente desorganizada en otras (claro, si el profesional no es de la corriente freudiana, en ese caso lo primero que diría es que soy una depravada sexual y que tengo una fijación amorosa secreta hacia a mi padre). La curvatura de mi “L” podría significar mi alto rango de intereses, o tal vez simplemente que me gustan las montañas rusas. La constante diferencia de tamaño entre las letras del principio de la línea y las del final sugieren mi dificultad para ser constante en muchas de las metas que me propongo. Sin embargo, se notaría que hago bastante esfuerzo, aunque no el máximo.
Los constantes manchones entre líneas podrían significar mis constantes equivocaciones (porque solo yo me equivoco en este mundo y nadie más que yo tacha lo que está mal escrito, por supuesto), o tal vez podría significar que tengo una fijación con las nubes. También demostraría mi fijación con estar buscando soluciones constantemente. Un profesional, de verdad experto, me tachará de obsesivo-compulsiva. Que el papel esté un poco hundido bajo mis letras significaría que soy una persona fuerte, que ha pasado por situaciones devastadoras pero que se ha recuperado. Mas si es de corriente freudiana, dirá que soy una depravada sexual y que tengo fijaciones amorosas secretas hacia mi padre.
Sin embargo, los pedazos de letra hechos con menos fuerza significarían que aunque intento aparentar extrema fortaleza, en realidad tengo un lado vulnerable y sensible, hasta podría llamarle cursi (lo cual no sería bueno para el tono de mi texto, gracias a Dios que esta escrito a computadora). Mis constantes dibujos fallidos de superhéroes a medio escrito sugieren que soy fiel admiradora de las historietas, del anime y me emociono cuando veo una linterna verde. Al mismo tiempo, mi obsesión por usar todos los colores de lapiceros a la vez en una sola página quizás indique que soy bastante indecisa, o que me compraron un paquete con demasiados colores y los estoy aprovechando.
Los espacios de las palabras que no escuché durante los dictados representan, por supuesto, mi falta de atención y mi eterna tendencia a divagar (nunca problemas de oído, mucho menos problemas de acústica en el aula). En resumen, si este texto estuviese a mano yo me encontraría totalmente al desnudo de estos momentos. Gracias a Dios, está escrito a computadora. Sin embargo, esperaría que los profesionales dedujeran también que soy una persona positiva, ecológica en la medida de lo posible y que se rehúsa a comer carne de animales muertos ni vivos, porque cree en el equilibrio del universo. Claro que desgraciadamente mi mayor esperanza sería el mismísimo Sigmund Freud, quien diría, en ese caso, que soy una depravada sexual, que tengo fijaciones amorosas secretas con mi padre y que además tengo problemas de zoofilia.
En resumen, los críticos escriben sus textos a computadora, porque si los escribiesen a mano la gente se daría cuenta de cómo son, lo que realmente piensan y qué es lo que los lleva a criticar. Y al ser esto revelado tenemos dos opciones: o nos plagamos de críticos o los críticos van a perder todo su crédito y ya no van a poder entrar gratis al cine, porque ya no les van a pedir que critiquen las películas. Sin contar que perderán su estatus intelectual, pero estoy segura de que, si esto llegase a suceder, siempre habrá algún trabajo alternativo. Solo pregunte en cualquier “call center”.
Ojalá les haya gustado. No olviden comentar, por favor :)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
