miércoles, 7 de julio de 2010

El Cántaro

Estaba jugando, ella y su mundo de muñecas desparramado por todo el piso de la habitación. El mundo era diverso: Barbies, juguetes de barro, imitaciones de Barbie, peluches, carritos de carreras y un sinfín de elementos más. Pero los juguetes de barro, ah esos eran los mejores. El cántaro, la taza, el plato, etc. ¿Por qué? Por el simple hecho de que eran la base de “El Sueño”. El sueño: Una Barbie rubia vestida con un traje típico de salvadoreña, de esos que tienen la falda azarosa y los colores vibrantes con revuelos ridículos por toda la orilla, deteniendo el cantarito de barro con la mano tiesa de plástico sobre la cabeza. El cantarito era la estrella del juego, del mundo desparramado por el suelo, y del sueño.

De repente una figura en la puerta. Prominente, gruesa, con caderas enormes, disgustadas y un garabato en la boca. Las manos, con los puños cerrados reposando sobre la cintura, le hacían parecerse al cántaro. Pero la boca del cántaro era un círculo tranquilo y perfecto. El garabato, en cambio, no se veía tan contento. De hecho, iba acompañado con las pupilas y las cejas que formaban el ya bien conocido cuadro de lo aterrador. La figura cruzó el umbral de la puerta y avanzó firme y amenazante por la habitación, justo hasta quedar enfrente de la naricita de cuatro años, sobre la cual unos ojitos asustados y rojizos le miraban temerosos.

¿El crimen? No se sabe, nunca lo supo con exactitud, el tamborileo pesado del corazoncito en ascuas nunca le dejó comprenderlo. ¿No haber puesto en orden el cuarto, tal vez? Fuera el que fuese, había sido grave. Y ahora, gracias a él, la figura estaba atravesando el mundo desparramado sobre el suelo, haciendo temblar a todos sus habitantes a su paso. Casi pudo ver como los carritos corrían a esconderse en el garaje bajo la cama, y las Barbies se metían, con el plástico invadido por el pánico, de regreso a sus cajas. Solo los juguetes de barro quedaron ahí afuera, indefensos, encarando a la figura junto a ella. Claro, pensó, ellos no podían correr, pues no tenían más que orejas. De la glotis agitada de la figura brotaron sonidos fuertes, atacadores, que la envolvieron en la nube de pánico que la obligo a quedarse muy quietecita, ahí, recogida en el piso. Finalmente, entre la grotesca sinfonía glótica, una pregunta entendible: “¿Cuál es tu favorito?”. Temblorosa, dubitativa, la respuesta salió en un murmullo de entre los pequeños dientecitos: “E-el ca-caan-taro”. Una garra blanca se abalanzó hacia el suelo, aprisionando al pobre cántaro entre sus garras, cual ave de rapiña capturando carroña. Las lagrimitas comenzaron a correr. ¿Qué estás haciendo? ¡El cántaro, el favorito!... ¿Qué estás haciendo? No habían terminado de ser musitadas éstas palabras, cuando el cántaro, de barro suave y frágil, ya caía en picada hacia el piso. El ruido que hizo al colisionar contra el piso fue casi imperceptible, pero en la cabecita cada pedazo, de los miles que saltaron, resonó con un estruendo de potencia titánica. ¡NO! ¡El sueño! El cerebro comenzó a maquinar, la esperanza surgió. Los añicos, no eran tan pequeños, podían pegarse. Oh rayo de esperanza que rompe la nube del ofuscamiento infantil. Y entonces…no, no era posible. Una pata, monstruosa y descomunal, golpeó contra el suelo, aplastando entre ella y el suelo los pedazos del cántaro y la esperanza recién nacida. El sueño…. el sueño se había ido, para siempre, el cántaro no era más que polvo. Y alrededor de los escombros, todos los habitantes del mundo desparramado por el suelo se asomaron, aún protegiéndose en sus escondrijos, a presenciar la tragedia, la caída en batalla de aquel que alguna vez fuera el núcleo de la imaginación que les dio la vida.

Las lágrimas eran ya una correntada sobre la carita suave y fruncida de tristeza. “¡Eso te enseñará!”. La figura se retiró, aún lanzando sus sonidos grotescos por el camino. ¿Qué había de enseñarle? ¿Había una lección qué aprender en todo esto?¿Cuál era la moraleja? ¿Que reprender solo con palabras no sirve? ¿Que el sueño estaba muerto, por siempre y para siempre? ¿Que la esperanza es aplastada, aún cuando es lo último q mantiene a algo con vida? El mundo desparramado en el piso habíase tornado de pronto cruel. Ella se quedó, aún congelada, su cabecita aún intentando descifrar el significado de la montañita de escombros frente a ella y el resto de los habitantes le acompañaron. Y los más inteligentes se quedaron pensando: de los dos crímenes cometidos, ¿cuál fue realmente el peor?

jueves, 1 de julio de 2010

Carta que mi conciencia me dejó pegada en el refrigerador esta mañana

Estimada compañera de cuarto:

Te escribo para decirte que te olvidaste de sacar la basura. Sí, así es, te fuiste, muy feliz y campante, y dejaste los cubos llenos de carroña, junto con un montón de bolsas negras hediondas apiladas en la esquina. De algunas bolsas ya hasta comenzó a salir un líquido verde turbio, que huele a los calcetines de mi primo cuando acaba de salir de la clase de deporte.
Mira, yo no tengo ningún problema con recoger tu basura, pero el problema es que la única que puede sacar las bolsas eres tú. Yo no hago más que circular aquí adentro, de todo lo que tiene que ver con el exterior, bien lo sabes, te encargas tú. Que a veces se te olvida, eso es otra cosa. Aunque, para serte franca, a veces no estoy segura de si es puro y genuino olvido o una completa evasión de tus responsabilidades. Te repito, me encantaría poder ayudarte y relevarte en tus tareas, pero lamentablemente no puedo.

Estuve registrando algunas de las bolsas, viendo las cosas que ya tiraste en el basurero, o incluso ya empacaste en las bolsas, pero nunca te decides a tirarlas. Sí que eres una persona rara, ¿lo sabías? Es más, de no ser porque ambas sabemos que he estado contigo desde el momento en que viniste al mundo, a veces, juraría que no te conozco en lo absoluto. He encontrado de todo, pero hay algunos objetos que han llamado mi atención por sobre los demás. Para comenzar, tienes una bolsa completa de fotos de tu antiguo perro, ¿te acuerdas de él? Claro que lo recuerdas, piensas en él cada día. Y, cada vez que lo recuerdas, se te llenan de agua los ojos. Deberías de decidirte a tirar esa bolsa, ya de una vez por todas. Siempre que vienes la tomas en tus manos, la miras fijamente, dudas y luego la vuelves a dejar ahí.



Me sorprendió la cantidad de botes de “Raid Matabichos” por todos lados. De verdad que deberías de deshacerte de todo ese aerosol. Aparte de que es increíblemente anti-ecológico, recuerda que a la larga no solo envenena a los insectos, sino también a ti misma (y por consiguiente a mí). No puedes seguir asustándote por cada bichito que se cruce en tu camino. Es cierto, son asquerosos y tienen pequeñas patitas que te hacen cosquillas, pero ya es hora de que vayas perdiendo el miedo. También he encontrado montones de pelucas, botes vacios de maquillaje, pintalabios viejos y otros implementos de belleza. Sin contar las bolsas enormes de ropa, zapatos y accesorios viejos, que ya no usas, pero no te decides a botar. Te cuento, querida, que hasta yo no he podido resistir la tentación de sacarlos de las bolsas y ponérmelos. Pero, cuando me los veo puestos, me doy cuenta de que ya no nos sientan bien. La mayoría ya nos quedan pequeños, de tanto que hemos crecido. ¿Sabes? Si los botaras de una vez por todas, en vez de venir a sacarlos, e incluso intentar encogerte para que te vuelvan a quedar, podríamos crecer aún más. Tenlo en mente, para la próxima vez que vengas.



Pero, bueno, esas bolsas no me han dado tanto problema, como me lo han dado las que tienes guardadas, hasta el fondo del patio. Me he aventurado a revisarlas, y descubrí que esas son las que han comenzado a despedir el líquido verde. Son pilas y pilas de bolsas llenas de ¡manzanas! Toda clase de manzanas, rojas, verdes, amarillas, e incluso algunas que nunca antes había visto. ¿Y sabes de dónde vinieron? Son todas las manzanas que tú muerdes y me vienes a tirar aquí. A veces vienes con cara de culpa, y me tiras la manzana, ya casi sin carne. Otros días vienes con cara de frustración y ¡zas! otra manzana, apenas mordida. Deberías de quitarte ese hábito, definitivamente. Aprende a comerte toda la manzana y a botar el hueso afuera. De nada te sirven acumuladas aquí dentro.








Esas son solo algunas de las cosas que he encontrado, no he logrado revisar todas las bolsas. ¡Son tantas! ¿Sabes? Tú siempre has tenido problemas de acumulación de basura (aunque nunca tanto como ahora). Es más, a veces, ni siquiera yo me explico, de dónde es que sacas tanta basura para acumular, en primer lugar. Pero, bueno, tú sabrás mejor que yo. A veces, te comprendo perfectamente y, a veces, me vienes con cosas que ni yo entiendo. O, a veces, vienes con cosas que sí entiendo, pero, cuando quiero decirte lo que pienso, te pones ese odioso aparato de música en las orejas, y no escuchas lo que te digo.


Ya me había acostumbrado a que te pusieras necia. Pero, últimamente, has estado más obstinada que de costumbre. A veces, solo vienes a dormirte, o a traer algo rápido y, a lo mucho, me saludas, y luego te vas. O a veces no vienes para nada. ¿Qué te pasa? Nunca me habías ignorado tanto, como lo haces ahora. Y, como ahora ya casi nunca vienes, ya nunca sacas la basura. Había estado tolerándolo, pero no tuve otra opción que escribirte, para recordártelo. Ya es demasiada basura, y a penas y tengo espacio, aunque intente recogerla. Mi mayor miedo es que, con tanta basura acumulada, quede yo atrapada en medio de las bolsas, y entonces ya no puedas oírme. Espero que leas esto, que saques todas las bolsas y que luego me hables. Vamos, siempre fuimos una. No paremos ahora.
Te quiere,

Tu compañera de cuarto