miércoles, 30 de junio de 2010

El pan de cada día... no es muy pan que digamos

No soy un medallón, por favor no me comas :)

Poniendo en uso el buzón de sugerencias - Cómo me siento en la universidad

Estimado señor rector:

Actualmente me encuentro cursando el primer ciclo de la carrera de Comunicaciones en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, y he de informarle que la universidad tiene un enorme problema: no tiene armarios. Me replicará usted, quizás, que el gimnasio sí cuenta con casilleros para uno dejar sus cosas en lo que se ducha, porque hay ciertas cosas, como carteras de tela o sweaters de lana, con las que uno no se puede duchar porque se encogen. Sin embargo, he de responderle que esos casilleros son demasiado pequeños. Estará usted preguntándose ahora: “¿De qué demonios me está hablando?”. Le explicaré.

Verá usted, todas las mañanas entro a la universidad vestida como un adulto joven normal: mis jeans ajustados, mi camisa de moda, un abrigo bonito y algún collar exótico para que vean que compro mi ropa en Galerías. Pero ese atuendo poco me dura. No han pasado ni 5 minutos cuando ya tengo que correr a ponerme mi máscara de extraterrestre y mi traje plateado para pasar por el camino de cemento, el que está justo al entrar por la entrada peatonal, a cuyos lados se encuentran hileras de bancas repletas de estudiantes que te miran pasar. Lo peor es que, a veces, esos semejantes desconsiderados me miran con cara de que me quieren pagar por sexo ¡sin previo aviso! y tengo que correr a ponerme mi minifalda y mis tacones. A veces se me pasa por la cabeza sentirme ofendida, pero con todo el ajetreo de cambiarme se me olvida.

Llego a duras penas a la primera clase, que es Introducción al Lenguaje, y me siento tranquilamente junto a mis amigos. Mas el descanso me dura a lo mucho una media hora, porque otra vez tengo que cambiarme, y lo peor es que este atuendo siempre es diferente cada día. Tengo que estar muy pendiente de la clase, porque de eso depende si me pongo una camiseta que ponga “Excelente Estudiante”, una que ponga “ZZZZZZZZ” o una que ponga “¡DEMONIOS!”. Para “mejorar” las cosas, soy humana y tengo mucho más que solo esos tres estados de ánimo. ¿Se imagina usted cargar más de 30 camisetas en su cartera? No lo creo. Prosigamos.

La segunda clase es un poco menos complicada, porque para Filosofía solo necesito dos atuendos. El primero es una túnica blanca, una calva falsa, una barba postiza, unas sandalias (gracias a la moda, ahora puedo encontrarlas en la zapatería MD ¡a mitad de precio!) y un porro de marihuana, pues si no siento que no estoy filosofando. El segundo atuendo es un traje enteramente negro, el que usan los ladrones para colarse de noche. El único inconveniente de mi disfraz es que lo utilizo de día, pero igual me sirve para pasar desapercibida y que no me pregunten sobre temas que ni con mi porro los entiendo. De cualquier manera, los accesorios que siempre llevo conmigo son tres cubetas de metal, porque muchas veces siento que lo que estoy hablando es pura basura, y como me gusta contribuir a la ecología, la clasifico.

Después de esta clase corro a dejar mis cubos a… ningún lado, porque no tengo donde. Corrijo: después de esta clase corro con mis cubos a cambiarme, porque tengo clase de Historia. En esta materia, desgraciadamente, la mayoría de veces no llevo mi aguja, por lo que tiendo a perder el hilo. Es por eso que esta clase es la que más vestuarios requiere, sin contar que también necesito muchos accesorios para construir los escenarios que van con mi disfraz. Algunos de mis favoritos son: Doris Day en una película de Terminator, John Travolta en un supermercado donde ya no hay vaselina, Dita von Teese en un convento y Danny DeVito en la lista de los 100 hombres más guapos de la revista People. Para los días en los que sí logro seguir el hilo, utilizo también bastantes conjuntos creativos, como por ejemplo, Marlon Brando actuando en “El Padrino” o Ricky Martin en un club de bailarines exóticos.

Concluida la clase, debo volar a traer mi capa negra y mi sable de luz “Jedi” para ir a la clase de Redacción. En esta clase es donde más cómoda me siento porque ahí solo hay dos opciones: o salgo triunfante aun vestida de Jedi, o salgo vestida de Jar Jar Binx. Y aunque presto mucha atención en clase, siempre me distrae un poco el miedo que, de la nada, mi profesor se voltee, me vea fijamente mientras se pone una máscara negra y me diga: “¡Yo soy tu padre!”.

Como usted verá, señor rector, solo entre clase y clase tengo que cargar una cantidad inmensa de cosas, y eso que hasta ahorita no he incluido todos los atuendos que ocupo entre clases. Mientras camino por los pasillos en los recesos tengo que cambiarme constantemente. A veces me visto de payaso, a veces de muñeca Barbie, de turista, de turista perdido, de Frodo Bolsón, de modelo de pasarela, de Lady GaGa. A veces cuando voy con mis amigos me visto de mono, de esos que imitan todo. A veces, sin embargo, me disfrazo de abeja reina. A veces de Albert Einstein y voy con mi pizarra escribiendo mil y un maravillas, y a veces de absoluta analfabeta que tiene problemas hasta para leer el letrero que dice “A-11” en la puerta del aula.

Y no soy la única, puedo asegurarlo. Y aunque hay perchas con rodos que pueden llegar a ser muy útiles para cargar todo, son un problema cuando se trata de subir gradas. Aparte de que en los pasillos uno a veces choca con las perchas de los demás y entonces hay que correr a disfrazarse de “Gruñón”, el enanito de Blancanieves. Es por eso que me gustaría solicitarle que instale armarios, porque el sombrero de mago que tengo ahorita es un dolor de cabeza, no tiene asideras y encima no combina con toda mi ropa. Es más, deberíamos de tener cuartos enteros para guardar nuestra utilería. ¿No ha considerado como opción hacernos camerinos en el edificio de arquitectura? Así todos tienen espacio y la situación ecológica mejora, porque ya no construirían tantas cosas. Todos ganan. Muchísimas gracias por su atención.

Atte.


Diana Elisa Soriano Hasbún

P.S.: Agradecería mucho que, después de leer esto, aun considerara usted no expulsarme.

La desconsideración de los arquitectos - Anécdotas de la infancia

Los arquitectos se quiebran la cabeza a la hora de diseñar y construir las iglesias para que éstas tengan buena acústica y se pueda escuchar bien TODO lo que se dice, para que nadie se pierda nada de lo que pasa en la misa. Lo que muchos de ellos no toman en cuenta es que más de la mitad de la gente, no solo de la iglesia, sino del mundo en general, no debería de abrir la boca. Mucho menos ser escuchada por todos.

Para demostrarlo pondré un ejemplo muy cercano a mí. Y no, no son las “señoras de la tercera edad” que creen que cantan divino y se suben al recinto del coro a cantar con lo que, gracias a los que han introducido los americanismos en nuestro idioma, llamamos un gran “feeling”. Es un ejemplo tomado de mi niñez (para efectos de mantener mi apariencia seria y callada, he decidido permanecer anónima y referirme a mí misma simplemente como “la niña”, “la bebé”, etc.).

La historia comienza con el hecho de que los padres de “la bebita” se subían a “cantar” al recinto del coro, junto con las señoras de la tercera edad, y eso que ellos no eran viejos. Un día decidieron llevar a su “niña” con ellos, con el fin de que ella se familiarizara con la vida religiosa. Así que se sentaron en sus lugares, mientras las señoras de la tercera edad elogiaban lo bien portada y linda que era “la niña”. Pero ¿cuál era el problema? Pues que “la niña” ya podía hablar y, para colmo, era salvadoreña. De modo que, toda la fama de buena y reservada que mantuvo la mayoría de la misa, se le vino para abajo cuando el coro comenzó a cantar “osaaaaaanaaaaaaaa, osaaaaaanaaaaa” y ella cantó (o mejor dicho gritó) a todo pulmón “CULITOOOO DE RANAAAAA”.

Claro, normalmente el grito de una niña pequeña no se escucha, pero éste lo escuchó hasta el pobre Jesucristo crucificado del altar. Culpe a los arquitectos y su maldita acústica. Y lo que siguió fue una oleada de risas, hasta del cura, que por más que intentó mantenerse serio no pudo, y los padres de la niña hundiéndose en sus asientos de la vergüenza, mientras que “la niña” solo sonreía inocentemente sin saber que este “osana” no era el mismo del “sana, sana, culito de rana” que su mamá le decía cuando se golpeaba.

Así que, arquitectos, sean considerados. Y si ellos no se toman la molestia, pues al menos le pido amablemente a la gente de la iglesia que ponga un letrero en el recinto del coro de “no se admiten personas que no sean conscientes de lo que hablan”. Aunque entonces habría problema porque la mayoría de gente se tendría que quedar fuera. Bueno, cae la responsabilidad sobre ustedes entonces, arquitectos.

lunes, 28 de junio de 2010

PRESENTANDOOOOO......

Bueno, ya que debo presentarme, aprovecho a hacerlo con un texto algo divertido y, sobre todo, FELIZ :)

¡Ah! Por cierto, no se olviden de jugar "Snake", aquí a su derecha. Advertencia: Es adictivo.

¿Por qué los críticos escriben sus textos a computadora?



Los psiquiatras y psicólogos (ojo, que no son lo mismo. Los primeros son doctores que te pueden recetar drogas legales, los otros son tipos que te acuestan en un sofá y escuchan tus problemas) afirman que a partir de la escritura a mano de cada persona se pueden deducir los diferentes rasgos de su personalidad. Esto ayuda a agilizar el proceso de comprender la tan famosamente complicada psique humana, lo cual, en teoría, puede resultar muy ventajoso para aquellos que desean conocerse a sí mismos y a su propia vida en general (si su psiquiatra no logra descifrar los misterios de su mente y su vida no se preocupe, siempre quedan otros medios: el tarot, la lectura de los restos de su taza de café y el horóscopo de Cosmopolitan).

Sin embargo, si lo analizamos más a fondo, esto puede llegar a significar una gran amenaza a la privacidad y el derecho de omisión, porque implica que al escribir una oración de mi puño y letra, quedo automáticamente expuesto y apto para que cualquier profundo y analítico profesional revele mi verdadera personalidad. Esto significaría que, por ejemplo, un crítico puede escribir “Los jóvenes de hoy día han perdido los valores que antes teníamos, entregándose a los estupefacientes y al sexo”, pero su letra dirá “Soy un maníaco que pone en práctica todo lo que los jóvenes hacen”. Sin embargo, Gutenberg nos proveyó con el escudo perfecto: la imprenta y sus derivados. Ahora me pregunto: ¿Qué pasaría si este texto estuviese escrito a mano?

A simple vista lo primero que uno de dichos profundos profesionales notaría sería que soy una persona muy organizada en algunas áreas y extremadamente desorganizada en otras (claro, si el profesional no es de la corriente freudiana, en ese caso lo primero que diría es que soy una depravada sexual y que tengo una fijación amorosa secreta hacia a mi padre). La curvatura de mi “L” podría significar mi alto rango de intereses, o tal vez simplemente que me gustan las montañas rusas. La constante diferencia de tamaño entre las letras del principio de la línea y las del final sugieren mi dificultad para ser constante en muchas de las metas que me propongo. Sin embargo, se notaría que hago bastante esfuerzo, aunque no el máximo.

Los constantes manchones entre líneas podrían significar mis constantes equivocaciones (porque solo yo me equivoco en este mundo y nadie más que yo tacha lo que está mal escrito, por supuesto), o tal vez podría significar que tengo una fijación con las nubes. También demostraría mi fijación con estar buscando soluciones constantemente. Un profesional, de verdad experto, me tachará de obsesivo-compulsiva. Que el papel esté un poco hundido bajo mis letras significaría que soy una persona fuerte, que ha pasado por situaciones devastadoras pero que se ha recuperado. Mas si es de corriente freudiana, dirá que soy una depravada sexual y que tengo fijaciones amorosas secretas hacia mi padre.

Sin embargo, los pedazos de letra hechos con menos fuerza significarían que aunque intento aparentar extrema fortaleza, en realidad tengo un lado vulnerable y sensible, hasta podría llamarle cursi (lo cual no sería bueno para el tono de mi texto, gracias a Dios que esta escrito a computadora). Mis constantes dibujos fallidos de superhéroes a medio escrito sugieren que soy fiel admiradora de las historietas, del anime y me emociono cuando veo una linterna verde. Al mismo tiempo, mi obsesión por usar todos los colores de lapiceros a la vez en una sola página quizás indique que soy bastante indecisa, o que me compraron un paquete con demasiados colores y los estoy aprovechando.

Los espacios de las palabras que no escuché durante los dictados representan, por supuesto, mi falta de atención y mi eterna tendencia a divagar (nunca problemas de oído, mucho menos problemas de acústica en el aula). En resumen, si este texto estuviese a mano yo me encontraría totalmente al desnudo de estos momentos. Gracias a Dios, está escrito a computadora. Sin embargo, esperaría que los profesionales dedujeran también que soy una persona positiva, ecológica en la medida de lo posible y que se rehúsa a comer carne de animales muertos ni vivos, porque cree en el equilibrio del universo. Claro que desgraciadamente mi mayor esperanza sería el mismísimo Sigmund Freud, quien diría, en ese caso, que soy una depravada sexual, que tengo fijaciones amorosas secretas con mi padre y que además tengo problemas de zoofilia.

En resumen, los críticos escriben sus textos a computadora, porque si los escribiesen a mano la gente se daría cuenta de cómo son, lo que realmente piensan y qué es lo que los lleva a criticar. Y al ser esto revelado tenemos dos opciones: o nos plagamos de críticos o los críticos van a perder todo su crédito y ya no van a poder entrar gratis al cine, porque ya no les van a pedir que critiquen las películas. Sin contar que perderán su estatus intelectual, pero estoy segura de que, si esto llegase a suceder, siempre habrá algún trabajo alternativo. Solo pregunte en cualquier “call center”.

Ojalá les haya gustado. No olviden comentar, por favor :)